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Let us be sowers of God’s love!



Last weekend we returned to Ordinary Time having celebrated Lent and Easter. But Ordinary Time should not be understood as unimportant time but rather that, for the next twenty-one weeks, we will mine the riches of the mystery of Christ in an ordered way, ponder all that we have celebrated in Easter and perhaps even reflect on those long- forgotten Lenten resolutions. And we will continue to give thanks for God’s faithfulness and presence in our lives and in the life of his Church.

There’s a phrase that could summarize today’s readings: Small is beautiful! Indeed, as we survey the life of faith, it is often the small or insignificant that is the focus of God’s presence. The young David slayed Goliath and became a great king; Paul, whose name means small, became a celebrated evangelist and preacher; Teresa of Calcutta began with a few rupees and a mission and became a saint whose work continues to inspire millions. Yes, small is beautiful!

Jesus uses the images of the sower and the small seed to help explain the kingdom. Despite our illusions, the work of faith is ultimately God’s work – as silent and unseen as the growing seed. We are called like the sower to prepare the ground and to be generous in sowing, but then to step back and allow the Lord to bring forth the harvest. Jesus takes this image further – small though it may be, the mustard seed has the potential to be the largest of all shrubs. In other words, one cannot judge the size and potential of anything by its initial size, least of all the kingdom of God! Like the mustard seed that grows to be a large shrub in which the birds will find shelter, so the kingdom must grow to offer shelter to all nations. It must become like Ezekiel’s tree in the first reading – majestic and full of the fruits of the kingdom.

Saint Paul reminds us in the second reading to be courageous – to remember that our ultimate destiny is not of this world. We are to walk by faith and not by the passing ways of this world, no matter how tempting or convenient they may be. Aware that we must all give an account of our lives, we must be people of prayer, who are constantly growing in our faith. We must know that our efforts, even if they seem small and insignificant, will be blessed by the Lord. May God bless you, Fr. Oscar.


<< SPANISH >>


¡Seamos sembradores del amor de Dios

El pasado fin de semana volvimos al Tiempo Ordinario habiendo celebrado la Cuaresma y la Pascua. Pero el Tiempo Ordinario no debe ser entendido como un tiempo sin importancia, durante las próximas veintiuna semanas, vamos a extraer las riquezas del misterio de Cristo de una manera ordenada, reflexionaremos sobre todo lo que hemos celebrado en Pascua también sobre esas resoluciones Cuaresmales que después son olvidadas. Continuaremos dando gracias por la fidelidad y presencia de Dios en nuestras vidas y en la vida de Su Iglesia.

Hay una frase que podría resumir las lecturas de hoy: ¡Lo pequeño es hermoso! De hecho, a menudo es lo pequeño o insignificante que es el enfoque de la presencia de Dios. Hablemos de el joven David que venció a Goliat, convirtiéndose en un gran rey; Pablo, cuyo nombre significa pequeño, se convirtió en un célebre evangelista y predicador; Teresa de Calcuta comenzó con pequeñas misiones y obras de caridad y se convirtió en una santa cuyo trabajo continúa inspirando a millones. Sí, ¡pequeño es hermoso!

Jesús usa el ejemplo del sembrador y la pequeña semilla para explicar el reino. A pesar de nuestras ilusiones, la fe es el trabajo de Dios en nosotros, tan silencioso e invisible como una semilla que va creciendo. Dios nos invita a ser un buen sembrador para preparar nuestro terreno, pero también nos invita a permitir que el Señor produzca la cosecha. Jesús usa como ejemplo una semilla de mostaza aunque pequeña, la semilla de mostaza tiene el potencial de ser el más grande de todos los arbustos. En otras palabras, ¡uno no puede juzgar el potencial de cualquier cosa por su tamaño inicial, así que el reino de Dios! Al igual que la semilla de mostaza crece como un gran arbusto en el que las aves encontrarán refugio, el reino debe crecer para ofrecer refugio a todas las naciones. Debe ser como el árbol de Ezequiel que nos narra la primera lectura: majestuoso y lleno de frutos.

San Pablo nos recuerda en la segunda lectura que debemos ser valientes: recordar que nuestro destino final no es el de este mundo. Debemos caminar por la fe y no por los caminos pasajeros de este mundo, sin importar cuán tentadores o convenientes sean. Conscientes de que todos debemos dar cuenta de nuestras vidas, debemos ser personas de oración, que crecen constantemente en nuestra fe. Debemos saber que nuestros esfuerzos, aunque parezcan pequeños e insignificantes, serán bendecidos por el Señor. Que Dios los bendiga,

Padre Oscar.

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